Crecimiento económico y conservación del medio ambiente

En el mundo actual, tal y como entendemos la vida, el crecimiento económico es el único objetivo que han de tener los países, sociedades, regiones, empresas o personas. No hay otro motivo por el que existir. El crecimiento económico debe ser el camino para conseguir todo lo demás. Hoy en día, vivir es crecer.

¿Para qué sirve una empresa que no crece económicamente? ¿Qué papel juega una región que no tiene crecimiento económico? ¿Tiene éxito una persona que no gana cada vez un poco más de dinero? El sistema económico predominante se basa en el crecimiento continuo, y esa idea ha conseguido traspasar los ámbitos económico o político y se ha implantado en lo más profundo de las consciencias de las personas. La gente vive convencida de que el crecimiento es sinónimo de éxito y de felicidad. Y, ¿quién no quiere ser feliz?

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La principal consecuencia del crecimiento económico continuo es la generación de una producción masiva de bienes y servicios. Toda esa producción ha de ser consumida, por lo que el sistema ha desarrollado estrategias muy efectivas para atar a las personas al consumo, que desde hace unas décadas también es una actividad que se realiza continuamente.

Así, en el mundo actual nos encontramos con tres procesos que son continuos: el crecimiento, la producción y el consumo. Para que se mantengan, cada uno de estos procesos depende de los otros. Por ejemplo, sin producción no hay consumo, así como sin crecimiento no hay producción, o sin consumo no hay producción.

La cuestión que debemos abordar es, ¿se pueden mantener continuamente estos procesos? ¿Podemos consumir al ritmo actual durante las próximas décadas? ¿podremos seguir produciendo las cantidades de hoy en día? Antes de contestar a estas preguntas, habría que recordar que vivimos en un planeta finito: tiene límites. Aunque escuchando y leyendo a muchos economistas, políticos o empresarios, uno puede pensar que no es así, lo cierto es que la Tierra no va a poder darnos petróleo o minerales toda la vida, y que hay un número máximo de coches que pueden circular por nuestras ciudades, y un tope de humo que nuestro aire puede soportar.

Está claro que, tal y como está diseñado el sistema, actualmente nadie se plantea dejar de crecer. El desarrollo ha sido continuo durante siglos pasados y ha de seguir siéndolo en el futuro. El desarrollo nos ha traído progreso y bienestar. Vivimos mejor que en la Edad Media y mejor que durante el S.XIX. Lo curioso es que el modelo de crecimiento actual puede hacer que hoy vivamos mejor también que en el futuro.

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Hemos hablado del crecimiento como forma de vida, es decir, del cómo vivimos. Ahora toca pensar en algo que muchas veces se nos olvida: dónde vivimos. El cómo y el dónde están estrechamente relacionados, dependen el uno del otro, y afectan el uno al otro.

El cómo hace referencia a las actividades o formas de actuar y el dónde señala el espacio físico donde tienen lugar esas actividades. En el caso que nos ocupa, este espacio es la superficie terrestre, y el medio ambiente como representación del escenario donde tienen lugar las actividades humanas.

Como hemos dicho, desde hace varias décadas las actividades humanas tienen que ver con fomentar el desarrollo económico, y eso tiene un efecto concreto en el medio ambiente: lo transforma. Aunque no se debe generalizar, lo cierto es que el paso del tiempo ha demostrado que el modelo económico vigente se caracteriza por una explotación excesiva de los recursos naturales y por generar altos niveles de contaminación al medio ambiente, por lo tanto el hombre transforma el medio de una manera negativa. Se destruyen montañas para extraer minerales, se talan bosques para conseguir madera, se sobreexplotan los acuíferos, se extinguen especies animales, se llena el aire de gases tóxicos…

Paradójicamente, estamos contaminando y dañando nuestro propio hogar. El medio ambiente es el lugar donde vivimos. Si el medio ambiente está contaminado, nuestras vidas también. Por ello conviene divulgar un mensaje que alimente la conciencia crítica de las personas, no ya solo por preservar el medio desde una posición ecologista, sino para salvaguardar nuestro propio bienestar. Quizás transmitiendo esta idea, que parte de una base egoísta, cada vez más gente se apunte a la idea de preservar el medio ambiente. Detener el modelo de crecimiento para salvar un puñado de árboles o a unos animales no parece estar teniendo mucho éxito entre la gente. Ha llegado la hora de aumentar el nivel de la amenaza: lo que está en juego es nuestra propia existencia.

Cuando una fábrica vierte residuos tóxicos a un río no está contaminando únicamente el agua del río, sino también a los peces, a las plantas y a los seres humanos que entran en contacto con él. Como aun no hemos aprendido a fabricar agua, deberíamos tener cuidado a la hora de contaminar nuestras fuentes de este recurso. Y de la misma manera ocurre con la madera, el aire, los minerales, las cosechas… etc. Nos servimos del medio para sobrevivir. Contaminar el medio es una grave irresponsabilidad, y debido a que el sistema de producción y de consumo actual es propicio a contaminar la naturaleza, es necesaria una reflexión sobre cómo funciona el mundo hoy en día. Puede parecer una cavilación que no lleva a ninguna parte, pero únicamente cuestionándonos el sistema establecido podemos llegar a cambiar las cosas.

Crezco, luego consumo. 

Todo comienza con el consumo. La realidad demuestra que, a mayor nivel de desarrollo económico, las sociedades tienden a ser más consumistas. Y una sociedad consumista es una sociedad que precisa de muchos recursos, que, en su gran mayoría, se extraen del medio ambiente que nos rodea. Es decir, el consumo afecta al medio ambiente, y casi siempre de una manera negativa.

El modelo de consumo actual es resultado de la evolución histórica del sistema de producción capitalista, que como decía Marx se basa en la producción generalizada de mercancías. La sociedad de consumo contemporánea nace con la llegada de la producción de masas fordista y con la puesta en práctica de las políticas keynesianas tras la II Guerra Mundial, que permitieron un aumento del nivel de vida de la clase trabajadora y de los sectores populares, así como su acceso al consumo de masas.

La propia lógica del sistema capitalista genera la creación artificial de necesidades de consumo, con el objetivo de mantener un nivel de producción constante. Se crea la percepción de que necesitamos más para vivir mejor y aparecen nuevos productos que se convierten en indispensables y que fomentan una cultura del gasto permanente. De forma que la actual función del consumo no es cubrir necesidades, sino satisfacer deseos. Y como tenemos muchos más deseos que necesidades, el sistema actual se caracteriza por un alto nivel de consumo, que ha llegado a volverse patológico en la sociedad, y por ello hablamos de consumismo.

ARTÍCULO RELACIONADO: La sociedad de consumo. Vivir es consumir (Juan Pérez Ventura, Noviembre 2013)

El consumismo se mantiene gracias a dos procesos muy evidentes: poner a disposición del público una serie de productos (vender) y hacerse con esos productos (comprar). En ambos casos el medio ambiente resulta dañado. En el proceso de ‘vender’, el medio ambiente sufre con la cadena de producción que fabrica los productos que se venden. Para poder vender un objeto primero hay que fabricarlo. Y fabricar, en el mundo actual, significa explotar recursos y transformarlos, lo cual tiene un efecto directo sobre el medio ambiente. Para fabricar un anillo y poder venderlo, primero hay que explotar la tierra en busca de minerales. Por otro lado, el proceso de compra lleva asociado un inevitable proceso de desecho, pues nadie consume un producto al 100%. Siempre se desecha algo. Todos estos desechos (masivos en un mundo consumista), acaban en algún lugar del medio ambiente, contaminándolo casi siempre.

De esta forma el consumo afecta al medio directamente, por la generación de residuos derivados de los bienes de consumo, e indirectamente, por los procesos de producción que explotan el medio.

¿Qué se puede hacer con estos residuos? Lo primero de todo, evitar generarlos. Mediante la prevención y la concienciación podemos consumir productos que no generen residuos o que generen pocos. En el caso de que sea imposible evitarlo, siempre es posible intentar la reutilización, es decir, procurar utilizar el objeto o producto en cuestión para otros fines, o darlo a otra persona para que continúe dándole un uso. Si tampoco se puede hacer esto, aun tenemos la opción del recliclaje. Y si no se pueden reciclar, podemos hacer que esos residuos o desechos tengan un uso dándoles una valoración energética, es decir, que sirvan para generar energía (principalmente quemándolos). Finalmente, si ninguna de estas opciones es posible, lo único que podemos hacer con los residuos es echarlos al vertedero, donde seguramente provoquen un daño al medio ambiente.

Como ya hemos dicho, el consumismo es una actividad que aumenta a la par que el crecimiento económico, pero también está directamente relacionado con el aumento de un sector concreto de la sociedad: la clase media, que son las personas que consumen.

En el año 2000, en el mundo más de 1500 millones de personas pertenecían a la clase media. En el 2012 ya eran 2000 millones, y en 2020 se espera que sean más de 3000 millones. Y 3000 millones de personas consumiendo y gastando son muchas personas.

Aun así, el problema actual del deterioro ambiental debido a factores antrópicos no se justifica principalmente por el hecho de que el planeta esté superpoblado, sino por las características de las sociedades que lo pueblan. Es decir, el problema no es tanto por el ‘cuántos vivimos’, sino por ‘cómo vivimos’. En el Paleolítico podríamos haber habitado el planeta 7.000 millones de personas, y no lo habríamos contaminado ni perjudicado. Porque no importa tanto la cantidad como los modos de vida.

El modo de vida actual se basa en la competitividad y en el consumismo, dos hábitos que no favorecen para nada la preservación del medio ambiente. Por un lado, la competitividad hace que las empresas busquen enfermizamente la minimización de costes, y para ello explotan de manera descontrolada e intensiva todos los recursos naturales y ponen en marcha prácticas inmorales y poco cuidadosas con el entorno natural. Por otro lado, el consumismo afecta a las personas, que llegan a sufrir síntomas por la necesidad de comprar cosas. Algunos autores ya hablan de hiperconsumismo en la sociedad occidental actual. Y como hemos dicho, el consumismo provoca grandes cantidades de residuos (y por tanto, contaminación) en el medio ambiente.

El crecimiento, la competitividad y el consumismo son tres actividades que caracterizan el modo de desarrollo de cualquier región o país hoy en día. Son motores del desarrollo económico, pero que al mismo tiempo hipotecan el desarrollo de generaciones futuras contaminando y dañando gravemente el medio en el que vivimos. ¿Será posible mantener los niveles de crecimiento del consumo durante muchos años?

El modelo productivo

Directamente relacionado con el consumo en masa y el consumismo, el modelo de producción actual se basa, precisamente, en una producción masiva. Pues el consumo en masa se mantiene únicamente gracias a una producción en masa.

Así como el problema no es el consumo, sino el consumismo, en el caso de la producción el problema no es el hecho de producir bienes. Durante toda la Historia de la Humanidad se han dado procesos de producción, indispensables para la vida humana. El problema surge con la producción en masa.

La producción en masa surgió a principios del S.XX de la mano de Frederick Taylor y Henry Ford, tal y como hemos apuntado en el anterior apartado. Consiste en la obtención de grandes cantidades de productos exactamente iguales y de forma continuada. Es decir: producir mucha cantidad y de forma continua.

La cadena productiva es el conjunto de operaciones necesarias para llevar a cabo la producción de un bien o servicio, que ocurren de forma planificada, y producen un cambio o transformación de materiales u objetos.

Pero el proceso de producción no sólo transforma las materias primas o los recursos, sino también el medio ambiente, pues entra en contacto con él de dos formas: extrayendo recursos del medio para producir bienes y generando residuos que se depositan en el medio para su desecho.

La producción en masa implica procesos muy agresivos de extracción y de explotación de recursos naturales. Estos procesos afectan de manera muy preocupante al medio ambiente. Y, además, el proceso de producción genera residuos, que son desechados y contaminan el medio. Esto no sería tan preocupante si no viviéramos con un ritmo de producción vertiginoso.

Algunos datos de producción nos dan una idea de las magnitudes que ha alcanzado este proceso. En 2013 se pusieron a la venta más de mil millones de smartphones en todo el mundo. En 2012 se fabricaron 84 millones de automóviles. En 2012 se produjeron 1500 millones de toneladas métricas de acero. El ritmo de construcción de casas en Estados Unidos aumentó casi un 30% en Noviembre de 2013, alcanzando el ritmo anual de 1,1 millones de viviendas.

Pero la generación de residuos y la contaminación no tienen únicamente que ver con la producción en masa, pues esos procesos de producción sólo son posibles gracias a la energía.

El modelo energético

Cualquier sistema se mantiene con el suministro de energía. Para sostener y hacer posible los ritmos de producción y consumo actuales, hoy en día nos apoyamos en las diferentes fuentes de energía que disponemos. El crecimiento económico y el aumento de la producción y del consumo han ido acompañados por un inevitable aumento de la demanda energética.

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Hoy en día nos abastecemos principalmente de petróleo, carbón y gas. Fuentes de energía no renovables, es decir, limitadas sobre la Tierra. Algún día (no muy lejano) se acabarán agotando. Aunque el modelo económico actual, centrado en los beneficios, no se preocupa por el largo plazo y sigue consumiendo petróleo por encima de sus posibilidades, lo cierto es que poco a poco otras fuentes de energías alternativas y renovables se van haciendo un hueco en el suministro de energía, como la biomasa, la solar, la eólica o los biocombustibles.

El petróleo supone un 37% de toda la energía consumida en el mundo. Uno de sus principales peligros para la conservación del medio ambiente es la posibilidad de accidentes en los grandes petroleros que cargan con este preciado combustible y que, de vez en cuando, se hunden en los océanos y mares generando pérdidas ecológicas irreparables. El carbón, que genera el 25% de la energía consumida en el planeta, también precisa de una extracción que daña al medio, pues hay que explotar minas e importantes superficies de tierra para encontrarlo. El gas natural, que supone el 23% de la energía consumida en el mundo, tiene una complicada extracción que produce la emisión de gases de efecto invernadero, que contribuyen al calentamiento global del planeta. Estas tres son fuentes de energía con graves peligros y daños medioambientales, y son precisamente las que más consumimos.

Existen otras, como la biomasa, que generan mucho menos daño ecológico. Este tipo de energía, basada en la biomasa de la madera, residuos agrícolas y estiércol, continúa siendo una fuente principal de energía en países poco industrializados. La energía hidroeléctrica también es limpia en cuanto a su generación y emisión de residuos, así como la eólica o la solar, pero producen rechazo por los daños visuales y medioambientales que producen la construcción de presas o parques eólicos. Finalmente los biocombustibles parecen tener mucho futuro, pues son limpios y se pueden “cosechar”. Es decir, podemos cultivar energía, en cierto modo. La principal crítica a este tipo de energía es que podemos llegar a sustituir las extensiones de cosechas para la alimentación de la población por cosechas para la alimentación de nuestros coches. El beneficio a toda costa.

Crecimiento infinito en un planeta finito

Según los economistas, un país necesita un crecimiento económico de entre el 1% y el 2% para crear empleo. Este crecimiento hace referencia, entre otras cosas, al aumento de la producción de bienes y servicios y al aumento del consumo de energía que un país tiene cada año. Es decir, crecer económicamente significa producir más cada año y consumir más cada año que pasa.

Todos queremos tener un trabajo. Ante nuestras peticiones el sistema nos responde que, para generar empleo, un país debe crecer. Así pues, el crecimiento económico ya no sólo es aceptado por la mayoría, sino alabado y muy esperado.

La pregunta que es: ¿se puede crecer continuamente? ¿podemos producir cada año más bienes y servicios? ¿podemos consumir cada año más energía? ¿es sostenible en el tiempo este modelo de crecimiento económico? Parece ser que sí, ya que el crecimiento económico es el mantra que repiten una y otra vez los líderes mundiales y los grandes empresarios: hay que crecer, hay que ser más competitivos, hay que producir más, consumir es signo de desarrollo socioeconómico…

En este sistema actual, basado en el crecimiento continuo, los economistas parecen no haberse dado cuenta de que vivimos en un planeta finito. Un planeta que no podrá darnos madera continuamente, un planeta del que no podremos extraer minerales al ritmo que queramos, un planeta que acabará saturado de vertederos. Un planeta, en definitiva, que no está preparado para cubrir las necesidades que nos hemos creado para vivir felizmente.

Muchas veces se nos dice que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades económicas, pero realmente estamos viviendo por encima de las posibilidades ecológicas.

Basándonos en un crecimiento infinito no sólo estamos agotando importantes recursos naturales ni generando la proliferación de impactos ambientales, sino también propiciando perturbaciones financieras, causadas por la incapacidad de nuestros sistemas monetarios, bancarios y de inversiones para ajustarse tanto a la escasez de recursos como al aumento de los costos ambientales. Es decir: el crecimiento infinito no sólo es insoportable por la Tierra, sino también por el propio sistema económico.

¿Crecimiento económico que favorece al medio ambiente?

Un interesante planteamiento sobre la relación entre crecimiento económico y medio ambiente viene de la mano de Simon Kuznets, Premio Nobel de Economía en 1971.

A partir de las hipótesis de este autor se ha desarrollado la teoría de la Curva Ambiental de Kuznets, que viene a representar cómo afecta el crecimiento de la economía al medio ambiente. Según esta teoría la relación entre estas dos variables dibuja una ‘U invertida’, de forma que, conforme aumenta el crecimiento, la degradación ambiental aumenta sólo hasta cierto punto, a partir del cual comienza a disminuir. Es decir, llegado un momento de desarrollo económico, éste ya no afecta negativamente al medio ambiente.

Según los autores que apoyan esta teoría, el crecimiento económico no es una amenaza para el medio ambiente en el largo plazo, sino el requisito para mejorar su calidad.

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El desplazamiento que se hace desde el sector industrial al sector terciario en las economías desarrolladas es sinónimo de una menor emisión de contaminantes, puesto que las actividades por excelencia intensivas en consumo de energía y emisiones tóxicas son las industriales.

Los países tienden a usar menos materiales gracias al desarrollo económico, pero ésto sólo se puede observar hoy en día en los más desarrollados. Por ejemplo Holanda o Dinamarca sí que muestran la curva ambiental de Kuznets en su progreso socioeconómico: hoy son más ricos y contaminan menos que ayer. Pero son casos muy concretos y aislados como para aplaudir el modelo de desarrollo.

El planeta Tierra es un sistema, compuesto por varios elementos, y no podemos analizarlo dejando a un lado parte del problema: no todos los países tienen el nivel socioeconómico de Dinamarca. Mientras los daneses disfrutan de un progreso técnico y de un aire limpio, cientos de millones de chinos se suben al carro del desarrollo y, con ellos, aumenta la contaminación y el daño al medio ambiente global.

Debemos recordar que la mundialización ha hecho que vivamos en una auténtica Aldea Global, donde todos somos vecinos. Las emisiones de unos países nos contaminan a todos.

Además el modelo de Kuznets parece olvidar otra realidad: en un mundo globalizado, si hay países que pueden disfrutar de un desarrollo no perjudicial para el medio es porque los procesos de producción se han trasladado a otros países, que son los que sufren las peores consecuencias del modelo de crecimiento actual. Es decir, que en Holanda no haya fábricas contaminantes no quiere decir que hayan desaparecido: ahora están en la India.

Debido a esta realidad, apoyada en procesos como la deslocalización empresarial, muchas veces da la sensación de que los países menos desarrollados son los que más contaminan.

Pobreza y degradación del medio ambiente

Normalmente tendemos a relacionar la degradación del medio ambiente con la pobreza. Las imágenes de ciudades como Lagos, Kinshasa, Manila o Bombay nos muestran grandes extensiones de asentamientos informales, barriadas de slums, zonas industriales humeantes y contaminación de todo tipo: en el aire, en el agua y en la tierra. Son grandes ciudades de países subdesarrollados o en proceso de desarrollo que se han visto afectadas por el crecimiento económico, y que se caracterizan por ser hipertrofias urbanas, mal gestionadas y muy contaminadas.

Cuando relacionamos la degradación del medio ambiente con la pobreza estamos cayendo en una contradicción de fondo: la pobreza, por definición, no es nada contaminante ni degradante. Una situación de pobreza no puede degradar el medio, pues la pobreza es la falta de medios para sobrevivir y la escasez de recursos. Un pobre no contamina. No realiza ninguna actividad contaminante. Es pobre.

La contaminación procede de la actividad económica, de la presencia de la economía en el espacio. El espacio ocupado por gente pobre apenas tiene economía, en cambio en los territorios habitados por gente rica prolifera la actividad económica. Así pues, la degradación del medio ambiente la realizan los ricos.

Lo que ocurre es que, en un contexto de globalización económica, las actividades económicas propias de los espacios ricos y desarrollados se trasladan a los espacios periféricos y más pobres, de forma que la contaminación y la degradación del medio tiene lugar en estos territorios históricamente pobres. El concepto de “aldea global” sirve para comprender cómo, en un mundo globalizado, todos vivimos en el mismo hogar. Las actividades de unos afectan a los demás, y nadie vive aislado del resto. Esta realidad sirve para contestar el positivismo del Modelo de Kuznets, que parece olvidar que todos vivimos en la misma casa, que es el planeta Tierra.

En este sentido, dejando claro que el pobre no contamina (porque no tiene nada con lo que degradar el medio ambiente), cabe preguntarse por qué es en los espacios menos desarrollados y más pobres donde más contaminación ambiental observamos. Esto ocurre por una razón muy sencilla. Simplificado al máximo podríamos decir: El pobre no contamina, contamina el rico. El rico contamina en el país del pobre.

Si no viviéramos en un mundo globalizado económicamente, las regiones pobres serían las menos contaminantes. En cambio, debido a los procesos de deslocalización y de subcontratación empresarial, las actividades industriales más contaminantes se han trasladado a los espacios menos desarrollados. Los países ricos no contaminan tanto como los pobres, pero es debido a que se valen de éstos últimos para realizar las actividades de producción industrial.

Modelos alternativos

Ante esta realidad que nos ha tocado vivir, con un sistema económico que se basa el crecimiento en la explotación incontrolada de los recursos y la producción que contamina el medio ambiente, debemos preguntarnos: ¿es necesario el crecimiento económico?

Existen otros modelos económicos que no tienen como objetivo principal el crecimiento, lo cual no quiere decir que no persigan el desarrollo. Por ejemplo, la economía del bien común antepone otros valores a los económicos. Esta propuesta económica se basa en una serie de principios básicos que representan valores humanos: confianza, honestidad, responsabilidad, cooperación, solidaridad y generosidad, entre otros. Para los defensores de la economía del bien común, aquellas empresas que se guíen por esos principios y cumplan esos valores deben obtener ventajas legales que les permitan sobrevivir, frente a los tradicionales valores del lucro y la competencia.

En la economía actual, el éxito se mide con indicadores monetarios como el producto interior bruto o los beneficios, valores que no tienen en cuenta a los seres humanos ni al medio en el que vivimos. Son indicadores que no muestran si se respetan los derechos humanos, si existen dictaduras o si hay guerras. Que una empresa tenga beneficios no nos indica nada sobre las condiciones laborales de sus trabajadores ni sobre lo que produce o cómo lo produce.

Para ello, el balance del bien común mide cómo es realmente una empresa: la dignidad humana de sus trabajadores, la solidaridad, la justicia social, la sostenibilidad ecológica, la democracia con todos sus clientes y proveedores, si la empresa promueve la esclavitud infantil, si hay desigualdades entre hombres y mujeres… etc.

El objetivo de la economía del bien común es analizar estas variables sociales y dejar de utilizar variables económicas. El objetivo no es el crecimiento económico, sino el crecimiento justo. Finalmente, la evaluación de las empresas permitirá al consumidor escoger entre los productos que prefiera comprar.

Por otro lado, encontramos un interesante modelo que se basa en la Teoría del Decrecimiento. El modelo de decrecimiento es partidario de una disminución regular controlada de la producción económica, con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Rechaza el objetivo de crecimiento económico neoliberal y el productivismo. Los partidarios del decrecimiento proponen una disminución del consumo y la producción controlada y racional, permitiendo respetar el clima, los ecosistemas y a los propios seres humanos. Esto se conseguiría aplicando una serie de principios más adecuados a una situación de recursos limitados: escala reducida, relocalización, eficiencia, cooperación, autoproducción, intercambio, durabilidad… etc.

Aunque el término ‘decrecimiento’ puede sonar negativo, lo cierto es que el crecimiento no siempre es bueno. Como hemos dicho, vivimos en un planeta de recursos finitos, y no podemos mantener el crecimiento indefinidamente. En realidad, es una obviedad que necesitamos cambiar de modelo. Nadie niega que es imposible seguir con el modelo actual. A la larga destruiremos el medio. Y lo sabemos. Quizás no queramos aceptarlo o prefiramos traspasar el problema a generaciones futuras. Pero el momento llegará.

Por ello superar el modelo económico es cuestión de tiempo. Si queremos darnos prisa hay que empezar a valorar seriamente las alternativas que se presentan. Tanto las teorías de decrecimiento como la casi utópica Economía del Bien Común parecen ir creciendo en adeptos poco a poco. No son propuestas alocadas, son modelos alternativos que merecen ser escuchados.

Aun así, un cambio en el modelo de crecimiento económico no ha de ser buscado únicamente en las fábricas o en los despachos. El cambio tiene que ser mucho más profundo, y ha de afectar al interior de la conciencia de cada persona.

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