Cómo funciona el mundo (8/10): Vivir por encima de las posibilidades

Desde que comenzó la crisis económica ha habido muchos intentos de explicar cómo hemos llegado a esta situación. Aunque la mayoría de los ciudadanos creemos que ha sido fruto de la mala gestión de los grandes bancos y cajas de ahorros, que han contado con el beneplácito de políticos incompetentes y corruptos que no han sabido controlar a la Banca, ese no es el mensaje que nos han mandado. La explicación que nos han dado es otra: habéis vivido por encima de vuestras posibilidades. Y ahora os toca pagarlo. Es una explicación que apunta hacia un culpable bien claro: la gente normal. Pero es mentira. Es una de las mentiras que más hemos escuchado durante estos años de crisis.

Vivir por encima de las posibilidades es sencillamente imposible. La frase en sí es una contradicción. ¿Cómo voy a vivir por encima de lo que puedo vivir? ¡Es imposible! Mis máximas posibilidades son mis límites. No puedo traspasar mis límites. Así pues: nadie ha vivido por encima de sus posibilidades. Lo que ha ocurrido es que: nos han engañado ofreciéndonos posibilidades.

Es cierto que hemos padecido síntomas de consumismo pero, ¿ha sido decisión nuestra? Esta cuestión está relacionada con la reflexión que hacíamos en el artículo ‘La sociedad de consumo’. Ahora nos centramos en la siguiente pregunta: ¿quién nos ha encandilado para que vivamos de una manera determinada? Podemos señalar tres factores principales: el marketing, el crédito y la sociedad de consumo.

El marketing, la publicidad

Es la principal estrategia de seducción con la que cuenta el sistema. Además de convencernos de que necesitamos esos productos que se anuncian, la publicidad llega a ser, en ocasiones, un factor decisivo en las decisiones que tomamos diariamente en nuestras vidas. En determinados extremos, llegamos a vivir siguiendo las órdenes de los anuncios. Vestir con una determinada ropa, escuchar esa música, viajar a destinos concretos, tener más de un coche porque nos gusta conducir…

Por ello la parte de culpa de la publicidad no se puede obviar. Su función ha sido traspasar las ideas del sistema económico a la cabeza de las personas. Así, todos somos capitalistas en nuestro interior. Todos queremos crecer más, ganar más, tener más. Y para conseguir esas metas sabemos muy bien qué hay que hacer: consumir. Nos dicen que una sociedad es desarrollada y progresa cuando sus tasas de consumo por habitante son altas. Nos han convencido de ello, tenemos interiorizadas esas ideas, y por eso hemos vivido tan felices durante los años anteriores a la crisis.

¿Vivir por encima de las posibilidades? ¡Qué va! Las posibilidades se nos confirmaban por televisión: “¡Tú también puedes estar tan joven como Andie MacDowell!”, “¡Tú también puedes tener este coche!”, “¡Contrata este plan de pensiones!”, “¡Viajar a Tailandia nunca ha sido tan fácil!”. El mensaje es muy claro: podemos comprar todas esas cosas y, además, debemos comprarlas.

El crédito fácil, los préstamos bancarios

Otra de las causas de que se nos acuse de haber vivido por encima de nuestras posibilidades es que nos endeudamos para poder seguir comprando cosas. Para comprar otro coche, para pagar la otra casa, para viajar a aquel sitio… “Yo no tengo la culpa de que el banco haya quebrado -dijo el banquero-. ¡La culpa es vuestra por pedir tantos créditos y no devolverlos!”. Hay quien piensa que esto es así, y que realmente la gente es culpable porque se dejó seducir por líneas de crédito fácil y se endeudaron (ahora sí) por encima de sus posibilidades.

Pero no se puede pasar por alto la responsabilidad del sistema bancario y de algunos banqueros en concreto que, en un claro afán de atraer clientes y de ‘atrapar’ en el sistema a todos los ciudadanos que fuera posible, desarrollaron una estrategia basada en el marketing y en el crédito fácil que, si bien no eran responsables ni sostenibles en el tiempo, sí que sirvieron para conseguir el objetivo principal: aumentar el nivel de consumo de las personas (que no su calidad de vida) y atrapar a la gente mediante una deuda con el banco.

Cuando llegó la crisis y una gran parte de la sociedad se dio cuenta de que había pedido crédito de manera excesiva y no podía devolver los préstamos, los banqueros señalaron rápidamente al culpable: el ciudadano moroso. Pero había que señalar también a la fuente del crédito, a quién estaba ‘soltando’ el dinero y prestándolo, y si lo estaba haciendo de manera responsable y analizando a quién le daba el crédito. Es ineludible la responsabilidad de los bancos, que claramente incurrieron en varias irresponsabilidades a la hora de dar esos préstamos a personas que no iban a poder devolver el dinero.

La inercia de la sociedad de consumo

Cuando el aire está contaminado, es fácil caer enfermo. Somos animales sociales y lo que ocurre a nuestro alrededor nos influye enormemente. No podemos ser ajenos a ello. Por eso, cuando nuestro vecino se compra un segundo coche, inevitablemente sentimos algo. “Yo también podría tener dos coches”. Y es verdad: yo también podría tener dos coches. Podría porque tengo esa posibilidad. No estaría viviendo por encima de mis posibilidades si compro un segundo coche: es una posibilidad que tengo.

No se puede achacar a una razón de envidia, pero sí es cierto que la sociedad occidental actual funciona muy a menudo de maneras tan simples. El hecho de ver qué hace el tipo de al lado, o cómo vive nuestro personaje favorito de la televisión, nos permite adoptar modelos de vida que, de una forma u otra, queremos imitar. Tener un espejo en el que mirarse no es malo ni algo negativo, pero cuando ese reflejo que vemos nos induce a caer en el consumismo (la patología del consumo), quizás debiéramos pensarlo dos veces: ¿de verdad nos conviene imitar a ese tipo?, ¿tenemos que vivir como nos dice la televisión?, ¿no es mejor encontrar nuestro propio estilo y modo de vida?

En una sociedad consumista como la actual es muy complicado ser ajeno a la corriente mayoritaria. Es un ejercicio difícil, pero no imposible. Hay vida más allá del consumo. Y aunque la televisión, la radio, el vecino o el político nos manden mensajes para que consumamos en masa, no hay que caer en la trampa de la envidia o de la falsa necesidad. No necesitamos esas cosas. No hace falta que las compremos. “¡Pero es que están de rebajas!”

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Nos han engañado por encima de nuestras posibilidades

Entonces, ¿hemos vivido por encima de nuestras posibilidades? No. Lo que ha ocurrido es que desde hace varios años nos han estado ‘subiendo el listón’ de nuestras posibilidades y nos han ofrecido un modelo de vida basado en un consumo que sí está por encima de las posibilidades… del planeta. Nuestras posibilidades eran las que eran: podíamos pedir créditos, podíamos endeudarnos, podíamos comprar dos coches, podíamos especular comprando otro piso, podíamos viajar a Egipto en un viaje organizado… no estábamos haciendo nada fuera de nuestras posibilidades: teníamos la posibilidad de hacerlo.

Cuando llegó la crisis muchos apuntaron a que el principal problema había sido, precisamente, que habíamos viajado mucho a Egipto, que habíamos comprado muchos coches, que teníamos apartamentos en la playa, que nos habíamos endeudado mucho… pero la realidad es que hicimos única y exclusivamente lo que el sistema nos dijo que hiciéramos.

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